Umbilical

por Redacción

Por ALINA SIDOVORA

La mujer en el otro cuarto es tu madre. Debe serlo. Ella dice que lo es.

Recuerdas que estuvo en momentos del pasado, su rostro sonriendo en una esquina, sus manos alrededor de las tuyas. Está en las fotos cuando las miras, aunque tal vez no esté ahí cuando apartas la mirada. Conoce todos esos pequeños secretos que tú compartiste con tu mamá a lo largo de los años y cada que no eres buen hijo, los clava en tu piel como alfileres. Te los tira en la cara cuando fallas en darle lo que quiere y fallas mucho en eso. Ese pensamiento te duele, pero hay uno que lastima aún más, quema, te tortura como la sal en una herida abierta.

No la amas.

Pero ¿cómo puede ser eso?

Antes la querías. Eso sí está claro. Así debe de ser. Y entonces ella también tiene que amarte, porque todas las mamas quieren a sus hijos. Ella te tiene que amar, entonces.

Pero si la quisieras, todo esto no sería tan difícil, ¿verdad?

Tus manos tiemblan cuando le sirves el té y se lo llevas al cuarto. Sus dedos, grisáceos y suaves, toman la taza y la tiran al piso. Las comisuras de sus labios bajan. No la miras a los ojos, pues sabes que la has decepcionado de nuevo. No fue la taza correcta, ni el sabor correcto, ni lo serviste con amor. Si la quisieras, le darías bien su té. Recordarías que taza le gusta.

Recoges los pedazos con tus manos picoteadas por el vidrio y regresas a la cocina a intentarlo otra vez.

No recuerdas cuanto tiempo llevan viviendo juntos. Sabes, vagamente, que estuviste en otro lugar donde ella no residía, no te miraba con esos ojos de pescado que tiene… No, no debes pensar así. Es tu madre. Además, no suena como algo que tú harías, el mudarte. Nunca pudiste hablar con la gente, ni terminar bien la escuela, ni trabajar. No necesitas trabajar, aunque recuerdas, entre sueños y fantasías, un lugar con muchos libros, lleno de luces felices. Pero no, todo eso suena tan cansado. No te mudarías. Te gusta estar en la oscuridad.

La mujer en el otro cuarto grita y le llevas su té. Es la taza equivocada y el sabor equivocado y todo lo que tú eres y haces está mal. Pero ella te necesita. En este departamento oscuro, en su pequeña madriguera, ella te necesita.

Pero ¿por qué te necesita?

La mujer en el otro cuatro parece tan joven cuando la miras a la cara. Su piel tiene un tono poco saludable, cierto, pero nunca se cansa de gritar. De pedirte. De demandar que lo intentes de nuevo.

Quizás es el momento de hacer algo. Le hablarás y le contarás sobre todas las cosas con las que a veces sueñas, que vienen a tu mente cuando le preparas su té o limpias el departamento o recoges los pequeños huesos que aparecen en las esquinas. Le dirás y tu madre contestará, claro, claro, querido, nunca me imagine. Está bien.

Ella te ama porque es tu madre y seguramente te dejará ir.

Lo intentas y en cuanto abres la boca, sabes que fue una mala idea. Sus palabras se clavan en ti como uñas, hasta que te das cuenta de y sientes hasta los huesos calados lo egoísta que has sido. Además, el lugar está oscuro y tranquilo y siempre has estado bien aquí. Excepto por esos molestos sueños que poco a poco se desdibujan como las acuarelas en la lluvia.

Le preparas el té y se lo llevas. Pesa en tus manos y hay un ardor en tu muñeca. Ahora ella no tira el té, pero te pide más. Siempre más.

Le preparas el té mientras piensas en los lugares que viste y donde trabajaste, que realmente no recuerdas, pero que te gusta imaginar que fueron reales. En las fotos de la sala, hay personas que sonríen entre las tinieblas, pero no tienen nombre.

Preparas el té sin apurarte. Quizá podrías intentar decirle otra vez. No, es mejor no molestar a la mujer en el otro cuatro. No quieres darle más alfileres. No quieres mirarla a los ojos.

La mujer en la otra habitación recibe la siguiente taza y la bebé con avaricia. Se sienta en su silla y no recuerdas que haga algo más allá de eso, no como en esos días de los cumpleaños y las fotos y todo eso que apenas puedes recordar.

Ella debe de estar mal, mal de algo. ¿Cómo no sabes lo que tiene tu propia madre? Pero no se ve enferma. Sus mejillas van agarrando color. Cada vez que le das lo que quiere, parece un poco más alta, sentada en esa silla.

A veces, no pide el té. Le traes pedazos de tela y fotos viejas del álbum. Le ofreces cajas de cartón que huelen a tierra y que no recuerdas haber recibido, aunque el departamento está lleno de ellas. Colocas dientes alrededor de su silla y cuelgas hilos de colores en las patas. Eso le complace y puedes dormir hasta que vuelve a despertarte.

Pero no es suficiente y nunca será suficiente. Nunca te dirá que está bien, que puedes salir.

Mueves las cajas que huelen a cementerio. El aire de la habitación sabe oscuro y húmedo. Te duelen las manos y la espalda, pero tú estás bien.

Tienes que cuidar…

Tocan a la puerta.

Dejas la caja. Nadie ha venido aquí desde… Nadie viene aquí, según recuerdas.

Te acercas a la puerta para ver si es una entrega. Tal vez le puedas preguntar al repartidor porque trae todas esas cajas. Pero la mirilla está pintada de negro, así que tienes que abrir de una vez.

La luz del pasillo es tenue y aun así, te deja ciego por instantes. Entre la luminiscencia, se dibuja la silueta de un hombre, quien no trae ninguna caja. Lo conoces. Tenía un nombre en tu mente. Él sonríe, pero cuando te mira bien, esa sonrisa escapa como un animal asustado. Trata de ponerse una expresión neutral, pero hay horror en sus ojos.

—¿Estás bien? Digo, te ves… Creo que necesitas un doctor.

—Estoy bien.

Tu madre no está bien. La cuidas a ella. Tú estás bien.

Se oye un pequeño chirrido atrás de ti. Es la puerta a la otra habitación.

—Perdona si te agarro en un mal momento. Sé que no nos despedimos bien el otro lunes y que fue más bien culpa mía. He tratado de escribirte en estos días, pero no me has contestado. Y pues…

Se arregla la bufanda. Se ve suave como la cola de un zorro. Tienes ganas de meter las manos y sentir lo cálida que es. Sientes mucho frío.

—En serio lo siento. Pero, vamos, no es lo más sano quedarte en tu casa así. No es lo que *** hubiera querido.

Chistoso. Jurarías que dijo algo en particular. Pero no le entendiste. En tu mente, solo fue estática.

            —Vamos, deja, te llevo a donde quieras, te llevo al hospital. Si quieres ir al cementerio primero, vamos. ¿Te llevo y nos despedimos bien de..????

—No…

Quisieras decirle que sí. Quisieras tocar su bufanda. Pero escuchas como atrás se abre la puerta del cuarto.

—No puedo hablar ahora.

Él no debe estar aquí. 

—Perdóname. Lo digo en serio. No quise lastimarte, sabes que siempre meto la pata, pero lo que necesites…

Atrás de ti, sientes un movimiento. Tu madre quiere saber quién los ha visitado. Sientes sus ojos levantarse, sus dedos extenderse hacia la pared. Sus pies no tocan el piso.

Tu madre se mueve lentamente. Pero llegará a la entrada tarde o temprano. Y entonces…

No sabes lo que pasará entonces. Y este hombre tiene mucho color, muchas cosas que anhelas, muchas cosas que sabes que son importantes, inclusive si su nombre ya no está en tu mente.

Tal vez le podrías pedir ayuda. Para lo de tu madre, pero no crees que pueda ayudar.

—No quiero hablar con nadie. Vete. Vete ahora.

Los dedos de tu madre casi alcanzan tu hombro. Si se asoma, si lo ve, si él la mira a los ojos. No sabes lo que pasará, pero no quieres que suceda.

Tienes frío. Tus muñecas sangran. Sientes que estás a punto de terminarte, una pluma sin tinta, una momia, cascajo. Pero él… él está vivo.

Cierras la puerta en su cara.

Hay el silencio a ambos lados del umbral. Después, pasos que se alejan.

Tus manos tiemblan y no recuerdas porque. Pero tu madre, que no está en su habitación para variar, suspira. Mueve la cabeza con ese gesto de decepción al que te has acostumbrado. Regresa al cuarto. Sus pies se arrastran sobre el suelo mientras avanza. Pero ya no te importa.

Quieres llorar. Pero es la hora de preparar el té. 

La mujer en la otra habitación es tu madre y te ha pedido algo tan pequeño, tan insignificante como una taza de té. Y tienes que prepararla exactamente como le gusta.


Alina Sidorova (Moscú, 1990). Escritora, psicóloga y docente que reside en la CDMX. Autora del podcast narrativo La maquinaria de Ananké y la novela interactiva de fantasía Las Estaciones de abril, publicada con Pathbooks. Actualmente, trabaja como docente en la Universidad Amerike.

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