Naboría

por Redacción

Por Isidro Jiménez Guillén

Con el nombre de Raúl del Vergel y Segoviano llegó a la isla, tras la oportunidad por la que tanto rogó a su dios. Las deudas que acumuló en España superaban lo de su nacimiento y crianza. Si bien se había librado de compromisos con un viejo judío al que los Reyes Católicos desterraron junto a los de su religión, las deudas no se quedaban ahí. Su gusto exótico en mujeres y excesivo en vino, le llevó a tratar con un gitano del que se decía que no cobraba más de dos veces. Por tal motivo se enlistó en la tripulación de una de las carabelas.

En la embarcación era todo tan oscuro que se veían los pensamientos en las vigas de madera hedionda. Se hacía inmune al sonido del puño de las olas. Detestaba la vida en los barcos, la compañía de hombres que nada valían para el reino. De día todo era sol y aguas desesperantemente azules. Juró dejarse caer por la borda, de no conseguía lo que los del primer viaje dijeron que le esperaba. Y cerca estuvo de cumplir, cuando el vigía dio las buenas voces.

Al otro día del desembarco, se reportó ante don Alberto Niño, quien, al revisar su amplia experiencia como mercader en Cádiz y en Burgos, le designó encargado de suministros de La Niña. Era responsable de los sacos de harina de trigo y lentejas, cajas de rábano y naranja, toneles con aceite de oliva y vino. Tan dedicado a su trabajo estuvo, que pronto administraría las provisiones de todas las carabelas.

Raúl encontró el universo en los ojos de Karaya, la naboría que recogía papa, yuca y piña. Fue paciente en aprender el nombre de las cosas. Tejía feas muñecas de algodón, se las entregaba y se alejaba como hacen los malhechores. Meses después dominaba una parte del taíno y el macoríx.

Todo marchaba bien en su plan de conquista del corazón de Karaya, pero sus compañeros se embriagaron de prepotencia. A base de estacas brillantes que escupían fuego, sometieron a los caciques, a quienes obligaron a declarar guami’keni de la isla. No había mujer joven que escapara al apetito de los pálidos hombres que vinieron del viento y las aguas.

Del Vergel y Karaya hasta entonces no solo compartían miradas y el toque accidental de las manos. Fingieron que él la raptaba a lo profundo del jiba para gozarla por completo. Partieron a las montañas de Maguanó, durmieron entre arbustos cuyo espesor era el de la cama del peor burdel.

Encontraron poblados que pretendían hacer frente a los blancos poseídos por algún maboya. Como era de esperarse, los taínos de Maguá rechazaron a Raúl. A un paso de lincharlo con piedras y macanas de pino, si no fuera por Karaya. Explicó al cacique, quien respondía al nombre de Caonabo, que tenerlo sería de provecho.

Un mes tuvo para ganar la confianza del cacique, cuya fama de aguerrido lo trascendía. Como encargado de suministro de los ari, sabía con qué contaban y por cuánto tiempo. La prudente Anacaona, esposa de Caonabo, terminó de convencerle.

Raúl, quien era muchas cosas menos guerrero, intuyó la ruta que tomarían sus compatriotas. Logró salvar a la tribu sin enfrentarlos. Una sola vez fue necesario emboscar, con dardos envenenados que utilizaban para cazar hutías e iguanas. En principio los invasores creyeron que se trataba de mosquitos, cuando les llegaban alergias o caían paralizados. Los taínos rendidos advertían que era esto un castigo, por manchar la tierra sagrada. Pero las torturas hacían cantar como un yahubabayael al más discreto de los hombres.

Caonabo permitió que Raúl tomara por esposa a Karaya. No hubo fiesta, iguana asada ni un buren que endureciera el casabí. No hubo maraca ni golpes de mayohuaca’n. Las bodas en tiempos de guerra traían males para ésta y todas las vidas. Raúl estaba unido a la mujer que en todo superaba a las que vio en Madrid, más noble que toda la corte de la reina Isabel. Podía opacar a las hermosas leyendas de la Alhambra.

Poco duró la felicidad de Raúl del Vergel y Segoviano. Nada pudo hacer el behíque ni las oraciones al dios blanco, llamado en agonía desde un lecho de palma cana. Un extraño mal se lo llevó a la tierra donde abunda la guabasa. Se fue sin conocer la vida que dejó creciendo.

***

En 1625, esta vez como Arturo Mena-Campusano, vivía en una de las haciendas más grandes de Bayaguana. Hasta donde la vista se hacía borrosa por la niebla, se extendía un verdor vivo, como pintado y retocado todos los días. Pinos sembrados sin más propósito que satisfacerlo. De cuando en cuando las parcelas ensanchaban tanto que, de un año a otro, se tenían que medir las tierras hasta cinco veces.

Aprovechó el desalojo por órdenes de la Corona, décadas atrás. Compró el poco ganado de las familias que llegaron de Bayajá y Montecristi. A otras las engañó para quitar tierras que Osorio les había dado para compensar las devastaciones. Mena-Campusano poseía 300 cabezas de ganado y la venta de tabaco le rendía cerca 2500 escudos de plata por año.

En su procedencia, las malas lenguas encontraban entretenimiento en tertulias, desde la casa más distinguida, hasta el tugurio de peor condición. Debatían en la puerta de la iglesia si Mena-Campuzano era un bastardo, un indio, un castizo media sangre o si lo había sido su padre o si lo había sido su abuelo. Se rumoreaba que, incluso las acciones libertinas eran por la mezcla entre desiguales y que el dios de los blancos le había castigado a él y a toda su sangre.

Tuvo dos gualís en el matrimonio con doña Soledad. Otros quince con criadas, mantenidos en secreto para evitar “escándalos innecesarios”. Mena-Campusano veía en sus deslices a la realeza y en el fulgor de los tragos gritaba que “quien lo hace es porque puede”. Pasaban años sin saber de los que tuvo fuera. Si aparecía otro, exigía pruebas, amenazando con demandas y hasta con la muerte. No se supo si las amenazas quedaron como tal.

Su mente comenzó a debilitarse en la vejez. Común en hombres de buena memoria y de acciones por la que se debía pagar en vida. Las botellas se caían de su mano temblorosa. Los documentos se traspapelaban ante sus ojos. En medio de la cena, en presencia de los invitados, se levantaba para recorrer la parcela de palos de guayaba. Regresaba una hora después a despedirse de sus gualís, de su liani, de los invitados y de quien encontrara, de camino a sus aposentos.

Bastaba con acercarse a la puerta para escuchar el monólogo extenso. Sus palabras le hacían recordar a doña Soledad, tiempos felices. Palabras que luego de casados, nunca más fueron para ella.

Al principio todos pensaron en una de esas copas mal tomadas que el cuerpo ya no aguantaba con cierta edad. Al pasar los meses, doña Soledad decidió buscar ayuda.

“Toda bañada en miel, doctor”.

Según comentó el médico, la más frecuente alucinación era la de una mujer semidesnuda, tras la que corría entre montes de caoba. Que en la noche seguían corriendo, sin saber de qué o hacia dónde. Cuando no salía para recorrer la parcela, balbuceaba y balbuceaba hasta quedar dormido.

“Ella es la melaza disuelta en ron, doctor.”

Sencillo conseguir extracto de la flor de adelfa amarilla con una vieja partera de Bayaguana, que preparaba todo tipo de pócimas y que ayudó algún médico español con una hija “metida en problemas”. Machacó las adelfas en una mano de pilón y las puso a hervir. En el té de manzanilla con canela y anís, no se notaría mucho.

El médico declaró la muerte de Mena-Campusano, por insuficiencia cardíaca. Esta causa de muerte era muy común en la época, cuando los hombres de posición retrasaban una herencia.

***

A principios de febrero de 1822, Alejandro Mena Álvarez soñaba correr entre montes de Bonao y La Vega. Tomaba la mano de una mujer con los senos de mango pintado y la cintura de palmera. En su cuello colgaban figuras que, al rebotar, perdían su forma. Ella guiaba entre ramas y piedras, entre ríos y lomas.

Despertó llorando, pero no de miedo. Estaba seguro en su habitación, arropado en sus sabanas de algodón, con estampado en ramas y flores. En su escritorio se levantaban dos columnas de papeles con poemas para no ser leídos. Protegiendo la cama de malos augurios tenía retratos ovales de su madre y su abuela paterna, sobre una pared tapizada en puntos blancos, como un cielo sin ropa.

Su bisabuelo fue un hacendado de Bayaguana. Al morir, los gualís pelearon la tierra, quedando el mayor con 75 cabezas de ganado y la mitad de los escudos de plata. El menor y doña Soledad, tomaron la hacienda y 320 reales u ocho escudos al mes, de la venta de tabaco. El resto de las propiedades del babá, fueron repartidas entre un albacea, los abogados y hombres de tantas áreas, que habían trabajado para él.

Alejandro desconocía el pasado, era indiferente al futuro. No le alcanzaba el día para pensar en aquella con quien se movía entre la guásuma, la caoba y el nogal. Ella corría con toda la niebla en los pies.

Su padre le trazó el camino, pero no quería seguir el negocio familiar. Su madre, doña Margarita, decía que en él descansaba el alma de un poeta y que llegó al mundo callado, como sabiéndose todo el amor de memoria.

Al enviudar su padre, éste no se volvió a casar. Se levantaba más temprano que los capataces, para ver los cacaotales. Se iba a contar el ganado y a visitar a cualquier socio. Al regresar, se reunía con los trabajadores, por enésima vez, y que todo estuviera listo para recibir la caña de los viernes.

De los nietos Alejandro era el más joven y el único que aún estaba en casa. Su abuela lo consentía terriblemente. Su padre estuvo a punto de echarlo, por negarse a supervisar los envíos de cacao a Santo Domingo. Pero no pasó a mayores pues ¿Qué otro recuerdo de su mujer le quedaría?

El carisma de Alejandro le mereció los secretos favores de las jóvenes en la comunidad y poblados cercanos. Pero ninguna como aquella que le acompañaba a correr los sueños, con su aliento a jengibre caliente.

Hija de la tierra y del mar

flor del oro más buscado

quien mancillare lo amado

amor no ha de encontrar.

Hija del sueño, del batey

tu pelo insiste, es bijao

rápido, travieso, dajao

infinita palma yarey.

Una estrella de Maguana

en Maguana va perdida

tu gracia te hizo altiva

de los dioses, hija, hermana.

Distingo cobre del cobre

distingo tus ojos del guey

quiero, de tu mirar, ser rey

esta noche, sin tu nombre.

Mas puedo llamarte Anani

Puedo llamarte Karaya

Caguana, Atabey, Kajaya

Y aún, de mi alma, ser el kai.

¿Eres tú más que tu nombre?

algo siquiera posible.

Sagrada, más que intangible

Lejos, a la voz del hombre.

Ángel de mi sueño, canta

suplica, ya, mi presencia

¿No buscas silencio mío

en la oscuridad tu manta?

Llegaron a casa los padres de una joven desflorada por Alejandro y que, como fruto de aquello, una vida estaba en camino. Se enteró horas después de la visita. En el momento sí escuchó desde el cuarto, al padre de la joven, con el vozarrón de piedra, exigiendo. Ambos padres acordaron y ahora se informaba él.

“La tomarás por esposa el 8 de febrero”.

En dos días, la abuela de Alejandro y la de su prometida, dispusieron todo. No querían una boda donde se viera la prisa en detalles mal puestos. El banquete fue discreto. La sala y el comedor estaban decorados a base de hortensias, dalias y claveles que, a pesar de su blancura no atestaban la vista, pues cada ramo tenía un lazo crema con bordados en pan de oro. Para el vestido, la joven llevaría el rojo que utilizó su madre y el anillo lo pagaría su padre, en cuya casa, por ser costumbre, debía celebrarse la unión.

Alejandro se mantenía indiferente. S prometida no solo era tan hermosa como la más, sino que, por ser hija de ganaderos de Hato Mayor del Rey, el matrimonio resultaba beneficioso para ambas familias. Pero el cuerpo que antes le atrajo, no llegaba a los tobillos al de la que trepaba en los árboles de gri-grí y los de caimoní. No competía con la india quien, para sacarle media sonrisa, se pintaba el rostro con soles y ríos. Cierto que su prometida tocaba el piano, pero en la de los sueños descansaban las notas. La prometida, blanca como la flor de robinia, componía poemas de amor a la naturaleza; pero la naboría era, de por sí, un poema, un acierto de los mares, de la tierra y el sol.

Los jóvenes daban la voz de que Núñez de Cáceres iba en busca de El Libertador y que los acogería La Gran Colombia, mientras Alejandro se consumía en su habitación. Era un retrato sin esperanza, tanto que sus ojos, antes vivos, tornaban pardos como el agua sucia.

La abuela y una de las criadas guardaron el secreto de que, en la madrugada, hablaba solo. Balbuceaba nombres y mares y silencio. Muchas veces temieron que se levantara a caminar y pudiera seguir más allá.

Y así fue…

La noche antes de la boda, tomó los reales que tenía guardado en una de las cajas de su escritorio, hojas en blanco, tres plumas y varios frascos de tinta. Aprovechando el tumulto de las tropas de Boyer, Alejandro escapó.

El plan era seguir por las zonas despobladas de Santo Domingo, hasta llegar a Bonao. Era más conveniente ir a pie, pues al comprar o alquilar caballos, tendría que identificarse. Evitaría caminos principales, sorteando así algún guardia haitiano que también lo obligue a dar su nombre y señalar su ruta. En el peor de los casos podría encontrarse con algún socio de su padre.

Pasaban días sin saber si era martes o domingo, si era aún febrero o había llegado junio, si la criatura que no había nacido sería una niña dulce o un hombrecito. A veces decidía regresar durante horas, pero luego retomaba el camino hacia “algún lado”. Ya sin un real, se metía en conucos al amanecer, para coger mango, tomate y guineo.

En la noche, bajo ramas de cualquier árbol de gri-grí o de caimoní, escribía poemas a la naboría que sentía tan cerca como un eco muy joven. Decidió que se llamara Luna, porque le procuraba el sueño y clareaba el papel.

Una tarde, Alejandro dio con una jauría de hombres, poseídos por algún maboya. A cuenta de machete, lo despojaron de sus papeles garabateados con ríos y soles, iguanas y peces, aves y lo que parecía una mujer sobre un árbol grande. Quedó apretando la vida, a mitad de camino, bajo el tronco de un roble, en algún lugar entre Azua y San Juan.

No me abandones, mi Anani,

Karaya, Caguana, Atabey.

¿Dónde estás mi kai sagrado?

¿Dónde estás …?

Ni un momento se tocó las heridas. Con la vista parda y cansada, buscó entre la hierba algo para escribir. El suelo se tornaba rojo como si, en vez de un roble, estuviera bajo el flamboyán cundido.

Quería ver a su abuela y dejarse abrazar como un polluelo. Quería sentarse en el suelo a escuchar como un niño eterno, los consejos de su babá. Quería jurarle a su prometida que serían felices, que el bebé llevaría sus nombres.

Trató de levantarse agarrado al tronco del roble, pero esas fuerzas ya no le pertenecían. Sintió el frío de los que inician el gran viaje a la tierra donde abunda la guabasa. Un manto cálido, el abrazo delicado, lágrimas de la naboría de cara pintada con soles y ríos, que lo esperó por tantas noches.

3 de junio del 2017


Isidro Jiménez Guillén (San Cristóbal, 1987). Escritor y publicista dominicano, Premio Joven de Cuento de la FIL de Santo Domingo 2013 y el Certamen para Escritores, Región Sur (2014 y 2020), entre otros reconocimientos. Además ha sido jurado en el Premio Joven de Cuento del 2021 y representado a República Dominicana en países como Colombia, EEUU y Marruecos.

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