Santo Domingo – La noche de este lunes, el silencio se apoderó de lo que antes fue un espacio de alegría. A un año del fatídico suceso que cobró la vida de 236 personas, familiares, sobrevivientes y ciudadanos se congregaron en una vigilia cargada de dolor, pero también de una exigencia inquebrantable de justicia y memoria.
Desde las 6:00 de la tarde, el lugar, ubicado en la Avenida Independencia comenzó a llenarse de flores blancas y fotografías de aquellos que no regresaron a casa. El ambiente era de una pesadez tangible; el eco de una tragedia que todavía se siente fresca en la piel de una sociedad que no termina de asimilar la magnitud de lo perdido.
La ceremonia inició con el encendido de 236 velas, una por cada vida truncada. El resplandor de las llamas, alineadas meticulosamente, servía como un recordatorio visual de la escala del desastre, iluminando los rostros de madres y padres que aún buscan consuelo en la unión colectiva.
Durante la vigilia, se leyeron los nombres de cada una de las víctimas. Fue el momento más sobrecogedor de la noche; una letanía de sueños interrumpidos que duró varios minutos, interrumpida únicamente por los sollozos contenidos de los presentes que se abrazaban para sostener el peso de la ausencia.
Los sobrevivientes presentes compartieron testimonios breves pero impactantes. "No estamos aquí solo para llorar, estamos aquí para que nadie olvide lo que pasó por la negligencia y la falta de protocolos", expresó uno de los jóvenes que logró salir con vida aquella noche, visiblemente emocionado.
El evento no solo fue un acto de recordación, sino también una plataforma de denuncia. Los portavoces de las familias afectadas reiteraron su llamado a las autoridades para que los procesos judiciales avancen con transparencia y se establezcan responsabilidades claras que eviten que una tragedia similar vuelva a ocurrir.
Líderes religiosos de diversas denominaciones se unieron al clamor, ofreciendo palabras de esperanza y fortaleza. Sin embargo, el enfoque principal se mantuvo en el homenaje a las víctimas, evitando que el protocolo oficial opacara el sentimiento genuino de los familiares.
La logística de la vigilia fue organizada por los propios parientes, quienes se han constituido en una asociación civil. Con esfuerzo propio, instalaron un mural provisional donde los asistentes pudieron escribir mensajes de despedida y promesas de no olvido para sus seres queridos.
A pesar de la gran cantidad de personas presentes, el orden fue absoluto.
En el lugar donde ocurrió el siniestro, el vacío físico parece acentuarse con el tiempo. Lo que queda de la estructura es hoy un monumento mudo a la fragilidad de la vida y a la importancia crítica de la seguridad en espacios públicos de alta concurrencia.
Artistas y figuras públicas se acercaron de manera anónima, mezclándose entre la multitud para ofrecer su apoyo. Su presencia reafirmó que la herida del Jet Set es una herida nacional que trascendió los círculos sociales y afectó a todo el tejido del país.
Los organizadores anunciaron que buscarán que el lugar sea declarado oficialmente un espacio de memoria. Su objetivo es construir un monumento permanente que honre a los 236 fallecidos y sirva como centro de educación sobre prevención de riesgos y seguridad.
La prensa local e internacional dio cobertura al evento, destacando la resiliencia de las familias. A un año de distancia, el interés mediático sigue siendo alto, reflejando que el caso sigue siendo una prioridad informativa para la opinión pública dominicana.

