
La presidenta de la República, Laura Fernández Delgado, inició su mandato este 8 de mayo firmando tres decretos ejecutivos clave durante su primer Consejo de Gobierno, formalizando así el comienzo de su administración, que se extenderá hasta 2030. Estas primeras acciones, anunciadas en una ceremonia pública en el Estadio Nacional de San José, buscan marcar un punto de inflexión tanto en la política penitenciaria como en la agenda legislativa bajo control estatal.
Un elemento distintivo de este conjunto de decretos es el nuevo reglamento carcelario que establece que “el año carcelario es de 360 días”, una reforma que elimina la modalidad anterior en la que el cómputo se realizaba en ocho meses, y que según Fernández no dejará “espacio para interpretar en menos días el año de condena para los que nos quitan la paz y nos roban la seguridad”. Con este cambio, las autoridades judiciales verán acotada su discrecionalidad para anticipar la liberación de personas privadas de libertad, una medida que la mandataria justificó como respuesta directa al crecimiento del crimen organizado y el narcotráfico: “No los queremos en Costa Rica, y una vez más se los digo, no los queremos en Costa Rica al crimen organizado y al narcotráfico”, afirmó Fernández.
El decreto que redefine el año carcelario se convierte en la directriz más estricta en materia de política criminal de los últimos años. El texto elimina la posibilidad de que los jueces reduzcan el cómputo anual de la pena a ochos meses, como permitía la interpretación vigente hasta este cambio. “Ya no más alcahueterías de que la cárcel es de ocho meses el año”, declaró Fernández durante la presentación pública del decreto, enfatizando la intención de fortalecer el sistema de justicia penal.
La medida forma parte de una estrategia para disuadir a redes de criminalidad organizada y limitar los beneficios penitenciarios, buscando restaurar la confianza en el aparato judicial. La presidenta insistió en que “a partir de este momento, el año carcelario será de 360 días naturales”, reforzando así la literalidad del cumplimiento de condenas como efecto disuasivo ante delitos de alto impacto.


